Debo reconocerlo, soy un
censurador. He censurado y seguiré haciéndolo probablemente siempre. Como Jefe de
biblioteca, muchas veces debí decidir (razones de espacio me obligaron) qué
libro quedaba en la estantería abierta al público y qué libro dejábamos guardado,
a mis hijos les escondí algunos libros que no me pareció prudente que vieran o
leyeran todavía, como mediador he llegado a declarar que no promoveré la
lectura de ese u otro libro porque me parece que presentan estereotipos que no
comparto o simplemente por encontrarlos fomes. Igual planteamiento he tenido
como profesor frente a la lectura complementaria y, la verdad sea dicha, no me
avergüenzo.
Las censuras a la que he hecho
referencia deben ser los últimos eslabones de una gran cadena que comienza con
la autocensura que, a veces, debe sufrir algún escritor frente a temas que le
compliquen de alguna manera y continúa con forma institucional -la más
reconocida- ejercida por las autoridades políticas, influidas por sus propias
motivaciones o por los grupos de poder a los que se debe (sobre todo
instituciones religiosas) Sin embargo la censura no se detiene ahí, está la
censura que ejercen (legítimamente o no, eso hay que discutirlo) las
editoriales cuando deciden publicar o no determinados libros que, finalmente
también se verán sometidos a la decisión de las librerías de venderlos o no.
Así las cosas, un texto de
literatura infantil (porque todo lo mencionado antes se aplica también a esta literatura) se enfrenta
a una gran cantidad de trabas para poder circular libremente, Sin embargo las
renuncias (o censuras) que tienen que ver con decisiones individuales son casi
inevitables y, creo que no sólo son legítimas sino que tienen que ver con las
subjetividades propias. Pero la censura institucional es la más terrible y
vergonzosa puesto que supone un abuso
desde la estructura del poder y la intención de imponer una determinada visión
ideológica. Esta Censura nunca es inocente ni “lesa”, responde siempre a una
organizada estructura que tiene por misión “salvaguardar” intereses superiores
(a la libertad de opinión, de prensa, del conocimiento, se puede suponer) No
tengo registros de que se haya confeccionado alguna lista de libros prohibidos
ya publicados pero, durante la última dictadura militar en Chile, se aplicó la censura
a través de DINACOS (Dirección Nacional de Comunicación Social) que implicaba
la revisión previa de cualquier texto que pretendiera imprimirse para circular
en el territorio nacional. Lo que había sido impreso antes del golpe de estado simplemente
fue sometido a la hoguera. Distinto fue el caso en Argentina donde derechamente
(nunca mejor usado el adjetivo) hubo libros ya impresos que fueron prohibidos
luego de un detallado análisis efectuado por comisiones establecidas para tal
efecto. Las razones aludían a que en ellos se entregaban visiones
distorsionadas de la familia, de las relaciones sociales o, incluso, que
servían de pre adoctrinamiento para subversivos.
LA CENSURA NO EXISTE, MI AMOR